La Barbarie

Blog de Acción Popular Nacionalista

10.22.2006

El hondo bajo fondo se subleva



El 17 de octubre de 1945

por
Roberto Bardini
.
La Segunda Guerra Mundial ha terminado en mayo de 1945 y el eje Berlín-Roma-Tokio fue derrotado en todos los frentes. Pero según Spruille Braden, embajador de Estados Unidos en Argentina, existe un coronel que tiene simpatías “japo-nazi-fascistas”. Se llama Juan Domingo Perón y ocupa los cargos de vicepresidente, ministro de Trabajo y director de la incipiente aviación civil. Coinciden con la embajada estadounidense los liberales, los comunistas, los socialistas, los conservadores, los radicales, los ultra católicos, ciertos nacionalistas reaccionarios, los terratenientes, los empresarios, los industriales. Coinciden tanto, que todos entonan a coro La Marsellesa, la patriótica marcha de Francia.
No coinciden con la embajada los trabajadores del campo y la ciudad, que cantan el Himno Nacional y son muchos más que todos esos sectores juntos.
El alto mando de las Fuerzas Armadas, deseoso de agradar a Washington, decide arrestar al coronel Perón y destituirlo de sus cargos. En la noche del jueves 11 de octubre de 1945, oficiales del ejército y la marina asisten al Círculo Militar y discuten si derrocan al presidente Edelmiro Farell y toman el poder o si entregan el gobierno a la fláccida Corte Suprema de Justicia. Alfredo L. Palacios, primer diputado socialista de América latina, está presente e intercambia comentarios conspirativos con generales y almirantes.
Un mayor del ejército de voz ronca y afecto al vino tinto propone el asesinato de Perón en una emboscada. Se llama Desiderio Fernández Suárez y 11 años más tarde será jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires. En 1956 se dedicará a fusilar a civiles peronistas en un basural sin juicio previo ni derecho a defensa, sin siquiera órdenes escritas. Fernández Suárez y sus amos constituyen un precedente, una experiencia piloto, del baño de sangre que inundará al país dos décadas más tarde. El periodista Rodolfo Walsh, ex militante de la Alianza Libertadora Nacionalista, los denunciará en su libro Operación Masacre, una pequeña joya del periodismo de investigación que se adelantó a lo que los estadounidenses denominan non fiction novel y que se atribuye erróneamente a Truman Capote, autor de A sangre fría.
Caviar, pavo y champagne
El viernes 12 de octubre de 1945, aprovechando el feriado por el Día de la Raza, un grupo de gente bien se congrega frente al suntuoso Círculo Militar. Es como si fuera un elegante día de campo y no faltan las cestas de comida para almorzar sobre el césped. El diario La Prensa del día siguiente describe a los asistentes: “Era un público selecto formado por señoras y niñas de nuestra sociedad y caballeros de figuración social, política y universitaria”. Al son de la canción mexicana La cucaracha, los asistentes cantan:
Perón y Farell Perón y Farell ya no pueden caminar porque no tienen porque les falta el apoyo popular.
Muy inadecuado plagio, en esas circunstancias, de una tonada popular que es uno de los símbolos de la Revolución Mexicana. “El público selecto” se retiró a la medianoche, después de entonar en varias oportunidades el Himno Nacional y, como de costumbre, La Marsellesa. Durante mucho tiempo los peronistas bromearon acerca de que la zona quedó cubierta de “restos de caviar, pavo y botellas de champagne”.
Esa noche, Perón es detenido y enviado a la isla Martín García. Oficialmente se informa que la finalidad es “preservar su seguridad ante la posibilidad de un atentado”. En la tarde del sábado 13, el diario sensacionalista Crítica anuncia la detención bajo un rencoroso titular en el que ni siquiera lo nombra: “Ya no constituye un peligro para el país”. Unos días antes, el 9 de octubre, un panfleto universitario había cantado victoria: “Rechazado por todas las fuerzas sociales y políticas y por la prensa que él amordazó, el coronel fascista ha debido resignar sus cargos (...). Bajo la presión del pueblo, el fascismo busca una válvula de escape y se desprende de uno de sus hombres”.
Pero ni el sector antiperonista de las Fuerzas Armadas, ni la coalición política-rural-empresarial, ni la prensa opositora, se podían imaginar que todo les saldría al revés y que tendrían que aguantar al molesto Perón durante un histórico largo rato. Cuando se conoció la renuncia del coronel, el héroe era él y no ellos.
Poco después trasciende que el ex vicepresidente ha sido enviado prisionero a la isla Martín García. El lunes 15 de octubre se generan las primeras reacciones. Afiliados del Sindicato Autónomo de Obreros de la Carne, conducido por Cipriano Reyes, salen a las calles de Berisso y Ensenada pidiendo la libertad del coronel.
Al norte del país, la Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera (FOTIA) declara una “huelga general revolucionaria en todos los ingenios” y toma contacto con los gremios de Buenos Aires. El jefe de la región militar de la zona, teniente coronel Fernando Mera, se compromete a avanzar sobre la Capital Federal junto con los obreros. No figuran demasiados oficiales como Mera en la historia argentina del siglo veinte.
En algunos barrios de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires aparecen volantes que reclaman por el ex vicepresidente y ministro de trabajo. Uno de ellos dice: “La contrarrevolución mantiene preso al liberador de los obreros argentinos, mientras dispone la libertad de los agitadores vendidos al oro extranjero. Libertad para Perón. Paralizad los Talleres y los Campos”. Los panfletos llevan la firma de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM).
Militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista y simpatizantes espontáneos recorren las calles del centro de Buenos Aires al grito de “¡Patria sí, colonia no!”. La policía intenta disolverlos con gases lacrimógenos pero los manifestantes vuelven a reagruparse. A la noche hay 87 detenidos.
En la madrugada del 17, los obreros que desde el día anterior esperan una resolución de la Confederación General del Trabajo (CGT), se lanzan a las calles mientras sus dirigentes se meten en la cama. Los asalariados imponen de hecho una huelga general sin esperar la fecha fijada por la adormilada conducción de la CGT. La espontánea decisión se extiende como una reacción en cadena a otros puntos de la ciudad, de las provincias, del país.
Los trabajadores pasan por encima de sus titubeantes líderes gremiales, desbordan a sus sindicatos e ignoran olímpicamente las recomendaciones de comunistas, socialistas y anarquistas. Para colmo de males, algunos cuadros políticos y militantes de base de estas tres tendencias abandonan para siempre sus organizaciones y se unen a los seguidores del coronel “nazi-nipo-fascista”. Atados a esquemas europeos, algunos dirigentes de “izquierda” y teóricos “rigurosamente científicos” no entienden –y parece que nunca entenderán– que ciertos movimientos populares no son químicamente puros ni surgen de mezclar probetas en un laboratorio. Los obreros tampoco hicieron caso, desde luego, a los discursos de casi todos los partidos políticos, los esfuerzos del embajador estadounidense Spruille Braden, los editoriales de la prensa “democrática”, las conspiraciones “institucionales” de los cuarteles, las cultas tertulias del Jockey Club y las encopetadas reuniones de la Unión Industrial Argentina, la Sociedad Rural y la Bolsa de Comercio.
Los asalariados carecen de un programa político o de un plan de acción. Sólo mencionan un nombre a gritos: Perón. Concentran su fuerza en un objetivo único: la libertad del coronel.
El día anterior un médico militar amigo del oficial detenido le diagnostica una (falsa) pleuresía y logra convencer al alto mando del ejército de regresarlo a Buenos Aires para tratarle la “afección”. A las 6:30 de la mañana del mismo 17, después de cuatro horas de navegación, llega a la Capital Federal la lancha que conduce al prisionero y su custodia. Lo llevan al Hospital Militar Central y lo “internan” en el quinto piso. Es un día de calor, pegajoso y húmedo.
“¡Perón sí, otro no!”
En las primeras horas de la mañana, los trabajadores de las fábricas de Avellaneda, Lanús y Quilmes y de los frigoríficos de Berisso y Ensenada comienzan a formar grupos para marchar a pie hacia Buenos Aires. Llevan banderas argentinas y retratos de Perón. Pocas horas después, desde La Plata salen camiones repletos de gente con el mismo rumbo. Unos y otros convergen a las nueve de la mañana en la entrada a la Capital Federal pero se encuentran con que el puente Pueyrredón y otras vías de acceso sobre el Riachuelo, han sido levantados por orden de la policía y la Prefectura Marítima para impedirles el paso. Los agentes obligan a descender a los pasajeros de distintos medios de transporte que logran pasar, los palpan de armas y les informan que deben continuar a pie. “Cumplimos órdenes”, aseguran. Las órdenes, sin embargo, no se cumplen en otros lugares.
Los trenes no funcionan. Los empleados ferroviarios están en huelga. Paralelamente, columnas de hombres y mujeres provenientes de barrios populares atraviesan Buenos Aires rumbo a la Plaza de Mayo. Vienen de La Boca, Nueva Pompeya, Parque Patricios, La Paternal, Devoto, Villa Urquiza, Lugano, Liniers, Flores. Confluyen con gente humilde que llega de la Zona Oeste del Gran Buenos Aires, Merlo, Moreno y Morón. Por diferentes accesos, arriban trabajadores de Zárate y Campana. Otros vienen de más lejos.
Hay soldados acuartelados en Campo de Mayo y otras guarniciones. Lo mismo ocurre en todas las comisarías. Militares y policías están divididos en sus simpatías: aguardan, tensos, la orden para reprimir. Algunos destacamentos de vigilantes que se han desplegado en vías estratégicas hostigan a pequeños grupos que caminan por el medio de la calle. Otros, en cambio, los protegen.
El día avanza. Como ríos, pequeños grupos se unen y se transforman en compactos torrentes que marchan por Rivadavia, Avenida de Mayo, Balcarce, Diagonal Norte. Frente a la Casa de Gobierno, mientras tanto, la plaza se va llenando lentamente. Algunos manifestantes comienzan a gritar: “¡Aquí están, éstos son, los muchachos de Perón!”. Otros, agotados por la larga caminata y el calor, se quitan los zapatos y sumergen los doloridos pies en las fuentes de agua.
Raúl Scalabrini Ortiz, testigo de la época y miembro de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), describe aquella jornada que le cambió el rostro a Argentina:
El sol caía a plomo sobre la Plaza de Mayo, cuando inesperadamente enormes columnas de obreros comenzaron a llegar. Venían con su traje de fajina, porque acudían directamente de sus fábricas y talleres. Frente a mis ojos desfilaban rostros atezados, brazos membrudos, torsos fornidos, con las greñas al aire y las vestiduras escasas cubiertas de pringues, de restos de breas, grasas y aceites. Llegaban cantando y vociferando, unidos en una sola fe. Era la muchedumbre más heteróclita que la imaginación puede concebir. Los rastros de sus orígenes se traslucían en sus fisonomías. Descendiente de meridionales europeos, iba junto al rubio de trazos nórdicos y al trigueño de pelo duro en que la sangre de un indio lejano sobrevivía aún.
Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y Villa Crespo, de las manufacturas de San Martín y Vicente López, de las fundiciones y acerías del Riachuelo, de las hilanderías de Barracas. Brotaban de los pantanos de Gerli y Avellaneda o descendían de las Lomas de Zamora. Hermanados en el mismo grito y en la misma fe, iban el peón de campo de Cañuelas y el tornero de precisión, el fundidor, el mecánico de automóviles, la hilandera y el empleado de comercio. Era el subsuelo de la patria sublevado”.
Otro testigo de la época, Juan José Hernández Arregui, relata con idéntico entusiasmo:
A caballo unos, en bicicleta o camiones otros, a pie los más, aquella muchedumbre abigarrada marchaba como un sonámbulo invulnerable.
La argentina de los campos vacíos, siempre iguales a sí mismos, estaba paralizada. Todo el país había concentrado la energía del trabajo cotidiano en una gigantesca huelga general. Los obreros de los frigoríficos, del petróleo, del caucho, los portuarios, de la construcción, habían cruzado sus brazos sobre el pecho. Los trenes, inmóviles como largos animales dormidos, exhibían en la protesta desoladora y terrible de su mudez, esa voluntad nacional de un pueblo más tensa que los poderes entumecedores de una historia construida con millones de seres aplastados y levantada sobre un siglo de infamia. «¡Libertad para Perón! ¡Perón sí, otro no! ¡Muerte a los traidores!», se leía en los vagones ferroviarios. Desde Córdoba, Tucumán, San Juan, Mendoza, Jujuy, los parias anuales de las cosechas, los criollos a precios módicos, descendían en marejadas sombrías a la ciudad puerto como símbolos eternos de un pueblo eterno”.
A ellos suma su visión el ensayista Arturo Jauretche, presidente de FORJA:
Fue un Fuenteovejuna: nadie y todos lo hicieron. Se llenó la plaza, en una especie de fiesta, de columnas que recorrían la ciudad sin romper una vidriera y cuyo pecado más grande fue lavarse «las patas» en las fuentes porque habían caminado quince, veinte o treinta kilómetros”.
Mientras tanto, la policía recibe la orden de bajar el puente Pueyrredón y permitir el paso. Los trabajadores de La Plata, Berisso y Ensenada trasponen el límite entre la provincia y la Capital Federal. Los agentes dejan de hostilizar a los manifestantes. Se sabe que ciertos oficiales del ejército y la policía que simpatizan con Perón están dispuestos a tomar algunos regimientos y el Departamento Central de Policía. Cesa el acuartelamiento de los militares en sus guarniciones.
Una mujer amante
Durante las tensas horas que transcurren entre la detención de Perón y el anuncio de que se encuentra en el Hospital Militar, una mujer ha desplegado una frenética actividad. Se llama María Eva Duarte y es amante, en todos los sentidos de la palabra, del coronel.
Desde su celda en la isla Martín García él le había enviado una carta lamentando la traición de esas Fuerzas Armadas a las que había dedicado más de la mitad de su vida. El militar, que la apoda “mi chinita”, le proponía que ambos se olvidaran para siempre de la política y retiraran a vivir a las montañas. La historia, sin embargo, les había reservado otro destino.
Eva es, en ese momento, una fiera herida. Hace una llamada telefónica tras otra, se reúne con políticos, periodistas, camaradas de armas de Perón, gremialistas. Se sube a un automóvil y se hace llevar de un lado a otro de la ciudad. Es una mujer enérgica que habla con hombres y sabe tratarlos. Discute, persuade, hierve de furia, derrama lágrimas, promete, insulta a los gritos. En menos de lo que canta un gallo ha convocado a su alrededor a un grupo numeroso, selecto y leal de hombres de ideas y acción. Luego de hablar con ella, cada uno parte a su cuartel, sindicato, barrio, periódico, radio o centro de actividades políticas.
La Argentina “invisible” muestra su rostro
Los altos mandos del ejército deben haber razonado que no exageraba el diario La Época cuando, pocos días atrás, había titulado en su primera plana: “Desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego, desde el Atlántico hasta los Andes, se pide, se clama y se exige la libertad del coronel Perón”.
Posteriormente, el escritor Leopoldo Marechal, autor de Adán Buenosayres y Megafón o la guerra, relató el impacto que le causó el 17 de octubre de 1945:
“El coronel Perón había sido traído ya desde Martín García. De pronto, me llegó desde el oeste un rumor como de multitudes que avanzaban gritando y cantando por la calle Rivadavia: el rumor fue creciendo y agigantándose, hasta que reconocí primero la música de una canción popular, y enseguida su letra: «Yo te daré / te daré patria hermosa / te daré una cosa / una cosa que empieza con pe: / Peróoon». Y aquel «Peróoon» resonaba periódicamente como un cañonazo.
“Me vestí apresuradamente, bajé a la calle y me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y no bien las conocieron les dieron la espalda. Desde aquellas horas me hice peronista.
“Decidí entonces, con mis hechos y palabras, declarar públicamente mi adhesión al movimiento y respaldarla con mi prestigio intelectual, que ya era mucho en el país. Esto me valió el repudio de los intelectuales que no lo hicieron y que declararon al fin mi proscripción intelectual”.
A las 11:10 de la noche, después de varias idas y venidas entre la Casa de Gobierno y el Hospital Militar, de deliberaciones y discusiones, Perón se hizo presente en un balcón de la Casa Rosada. Aclamado, habló a sus seguidores cuando faltaban diez minutos para la medianoche. El historiador británico Daniel James menciona en Resistencia e integración una situación sin antecedentes en el Buenos Aires de ese convulsionado año: “El hecho de que la manifestación culminara en la Plaza de Mayo fue por sí solo significativo. Hasta 1945 esa plaza, situada frente a la Casa de Gobierno, había sido en gran medida un territorio reservado a la «gente decente», y los trabajadores que se aventuraban allí sin saco ni corbata fueron más de una vez alejados e incluso detenidos”.
El primer mártir
Al finalizar ese día, el naciente peronismo tuvo un mártir, el primero de una larga, casi interminable lista.
A la una de la mañana, cuando terminó la concentración en la Plaza de Mayo, un grupo de jóvenes manifestantes marchó en dirección al edificio del diario Crítica, en Avenida de Mayo 1333. El periódico dirigido por Natalio Botana había asegurado esa tarde que Perón era un “mito fascista”. Además, había publicado en primera plana una fotografía de cinco personas que cruzaban la avenida 9 de Julio: “Estas son las huestes del coronel Perón”, decía el grueso título. La foto, tomada en la mañana temprano desde la terraza de un edificio de varios pisos, intentaba transmitir la imagen de una avenida vacía en la que apenas se veía un minúsculo grupo de personas.
Los muchachos peronistas, exaltados, lanzaron piedras y rompieron los vidrios de las ventanas. Desde la terraza, los pistoleros de Botana dispararon sus revólveres. Parapetados detrás de automóviles estacionados y árboles, algunos militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista respondieron al fuego. El tiroteo fue infernal y duró hasta las tres de la mañana. Cuando todo terminó, quedaban 50 heridos en la calle.
Uno de ellos había recibido un balazo en la cabeza y murió poco después. Se llamaba Darwin Passaponti y tenía 17 años. Había nacido el primero de noviembre de 1927 y le faltaban dos semanas para adquirir la mayoría de edad. Estudiaba en el Colegio Normal Mariano Acosta y militaba en la Alianza Libertadora Nacionalista. Su padres eran farmacéuticos: ella, una ferviente católica nacida en Entre Ríos; él, un anarquista oriundo de Santa Fe, que escribía obras de teatro.
Aciertos y errores, simpatías y rechazos
Al día siguiente, bajo el título “Los grupos peronianos cometieron sabotaje y desmanes”, Crítica presentó su versión de los hechos:
“El anunciado movimiento popular de los peronistas ha fracasado estrepitosamente, en un ridículo de extraordinarias proporciones. Las multitudinarias e imponentes columnas que los adictos al ex vicepresidente prometían reunir para dar la sensación cabal de su poderío, se han trocado en grupos dispersos que recorren las calles con paso cansino, en medio de la indiferencia y el desprecio de la población... No obstante, ante el fracaso, los elementos más recalcitrantes de ese peronismo en veloz menguante, tratan de hallar desquite cometiendo desmanes y recurriendo al sabotaje”.
La Nación describió a “grupos revoltosos” e “individuos en completo estado de ebriedad”. Los diarios de la llamada oligarquía no fueron los únicos asombrados por la concentración del 17 de octubre; la enorme manifestación popular también causó estupor a los periódicos La Vanguardia, del Partido Socialista, y Orientación, del Partido Comunista. El stalinista de derecha Rodolfo Ghioldi, dirigente del PC, declaró a principios de 1955: “Lo que es de lamentar en Argentina es que estas masas obreras que se han incorporado a la vida gremial, hayan roto su virginidad política bajo la advocación del señor Perón”.
El 21 de octubre de 1945, cuatro días después de su liberación de la isla Martín García, el coronel Juan Domingo Perón se casó con la actriz María Eva Duarte.
En 1945 había surgido en el país del trigo y las vacas un movimiento histórico que se extendería –con marchas y contramarchas, y pese a todos los esfuerzos por erradicarlo– hasta fines del siglo veinte. Durante largos años, el peronismo tendrá sus partidarios y sus detractores: unos, harán hincapié en sus realizaciones sociales; otros pondrán énfasis en sus errores. Por décadas, los habitantes del país no podrán mantenerse al margen o ser indiferentes. La simpatía o el rechazo se transmitirán de generación en generación.
Un historiador que no es peronista, Pedro Santos Martínez, escribió en 1946-1955 - La nueva Argentina:
“Hace treinta años que la actualidad argentina está empapada de Perón. Cuando los grandes problemas argentinos que nos afectan son analizados, siempre se encuentra presente el peronismo. Ya sea para reconocerle su contribución o para lamentar el camino por donde orientó al país. Esta realidad peronista estimula o irrita. Es un ente político cuya vigencia en la historia nacional de nuestro tiempo está cargada de genialidades y mezquindades. Es grandiosa y mísera a la vez. Es lugar de referencia, de contraposición y de litigio. De ahí que nadie puede permanecer indiferente cuando se trae a colación.
“Los opositores no fueron más felices. Sus aportaciones, excesivamente detractoras, solían presentar al período como un tránsito por el infierno. Muchos de ellos vivían un país que no era el que tenían ante sus ojos. A la espera de que Perón cayera del gobierno desde el día siguiente que lo asumió, todo cuanto él hacía era –en opinión de estos augures– provisional y demagógico. Así transcurrieron los años y no supieron ver los logros alcanzados por el país. Cuando volvieron, después de haber sido derrocado Perón, un buen núcleo creía que la historia se había detenido en 1943.
“El gobierno de Perón integra ontológicamente la vida argentina contemporánea. Se nos ha dado como una herencia, apetecida o no, pero real y que, en forma esencial, se halla inserta en la vida contemporánea. Sus logros han pasado a ser los de todos los argentinos del presente. Sus fracasos también, y han de servir como experiencia. En definitiva, pertenece al acervo histórico de la Argentina y debemos tener una actitud patriótica para entenderlo de este modo”.
En 1969, a más de dos décadas de aquella jornada, el historiador Félix Luna publicó El 45. Su impresión de ese año también tiene un gran valor porque, a pesar de no ser simpatizante peronista, se esforzó por comprender el significado de esa especial jornada y llegó a afirmar: “No hay nada en nuestra historia que se parezca a lo del 17 de Octubre”